
Sirenas

Ittoqqortoomiit

En el este de Groenlandia, la isla más grande del mundo, viven los últimos representantes de la antigua cultura esquimal. Visten con ropa deportiva y compran en el supermercado, pero en ellos habita el alma reencarnada de sus antepasados cazadores.
Ittoqqortoormiit. Uno tarda bastante más en aprenderse el nombre de este pueblo que en recorrerlo. Son apenas un puñado de casas de madera, del color de la pintura que llegó en el último barco (verde, azul, rojo), cuatro o cinco caóticas calles sin asfaltar y la estación meteorológica danesa.
De hecho, Ittoqqortoormiit solo es accesible por helicóptero cuando hay buen tiempo y por mar durante los meses del deshielo. El resto del año la población permanece recogida sobre sí misma, replegada en una especie de metabolismo basal similar al de un oso que hiberna o un ser humano que duerme.
Ahora la bahía está más o menos libre de hielo y en el pueblo hay una actividad frenética. Parece que están de fiesta, pero es al revés: es el día de más trabajo de todo el año. Frente a Ittoqqortoormiit está anclado uno de los gigantescos cargueros rojos de la Royal Arctic Line, la compañía pública danesa que abastece a la población de Groenlandia (es una colonia de Dinamarca). Aquí no hay más puerto que la playa y las lanchas van y vienen a ella trayendo los contenedores que luego se ven por todas partes.
En el pueblo, los perros, nerviosos por el trasiego de mercancías, ladran todos a la vez. También ellos son más numerosos que los humanos, y parecen ubicuos: sueltos por los caminos, encadenados a las paredes
Porque los esquimales de Ittoqqortoormiit son cazadores, quizá los últimos que quedan en Groenlandia.
Los hombres y mujeres de Ittoqqortoormiit cazan focas, caribúes, morsas y ocasionalmente osos polares. Cazan todo lo que pueden, y según las autoridades cazan demasiado.
Lo más que han podido hacer las autoridades es tratar de desviar los impulsos depredadores de Ittoqqortoormiit hacia el consumismo poniéndoles un supermercado en el que hay de todo, además de prohibir la exportación de productos derivados de animales. Que la prohibición no se lleva muy a rajatabla lo delata que en la mayor representación del Estado en este lugar, la oficina de Correos, se vendan focas disecadas. Último esfuerzo de las autoridades para desanimar a los compradores: las guías insisten en que los esquimales curten las pieles con su orina.
Todo hay que decirlo, el supermercado ha obtenido mucha mejor acogida en Ittoqqortoormiit. Es cierto que hay de todo, aunque sea en un desorden parecido al del pueblo: la muñeca Barbie junto a los rifles de caza, la fruta entre las cajas de munición. Yogures, zumos, incluso helados. Todo viene de la lejana Dinamarca.
Pero el supermercado ha vestido a los esquimales de deportistas sin lograr arrancarlos del todo de su mundo. Pocos siguen sus estudios en secundaria, para lo que tendrían que irse a una ciudad. De los que lo hacen, la mayoría se hunden en la depresión y acaban regresando con sus familias y sus perros de tiro. Esa depresión recibe en su lengua el nombre de perlerorneq, que curiosamente sirve también para describir a un perro con rabia.
El resultado es que nadie habla aquí otra lengua que no sea el groenlandés. Tampoco importa mucho, porque el esquimal no es precisamente locuaz. Hasta para decir «sí» se limita a levantar las cejas, y eso es lo más lejos que suele llegar una primera conversación con un extraño.
Para quien resulta más desesperante esta actitud taciturna es para los tres daneses que trabajan en la estación meteorológica, que no se sabe si domina el paisaje de Ittoqqortoormiit, o si simplemente desentona de él. Se quejan de que los esquimales los ignoran, no se entienden con ellos. Uno de estos científicos, Erik, habla con orgullo de su pequeño observatorio, crucial para predecir el tiempo de Europa, porque es el que vigila la salida del frente polar.
De vuelta a la playa nos encontramos con que, si es verdad que los esquimales se reencarnan, las almas de los abuelos de estos niños del pueblo han estado haciendo de las suyas. Se han puesto nuestros chalecos salvavidas y juegan a hincharlos. «Ciento cincuenta dólares la broma,» masculla uno de los marineros. Pero es conmovedor ver a estos chavales interesarse de esta manera por las lanchas. No las toquetean con la curiosidad de niños, sino de adultos. A su edad ya son diestros con el kayak, la canoa, y su interés por las zódiac lo llevan en los genes. Quizá sea cierto, pienso al verlos, que sean grandes cazadores del pasado, reencarnados
Smeerenburg

Los paisajistas holandeses pintaban Smeerenburg, sin haberla visto, como una apacible ciudad comercial, pero en la ciudad de la grasa, donde los hombres caminaban sobre una cuarta de sangre de ballena, la vida era dura. El escorbuto te dejaba sin dientes y la congelación sin dedos. Si aguantabas te hacías rico, pero el trabajo era extenuante y peligroso, la ciudad violenta, y hubo inviernos en los que murieron todos los habitantes. Los marineros se volvían locos. A veces sufrían de alucinaciones colectivas, como cuando creyeron ver una flota de diablos que venía a buscarlos. En realidad, no hacía falta: Smeerenburg era ya el infierno en la tierra.
Hoy el Ártico ha vuelto a tomar posesión de este lugar y en Smeerenburg reina un silencio escalofriante, el que han dejado aquellos proletarios desgraciados y las 100.000 ballenas que se calcula que mataron antes de abandonar el lugar. En el siglo XVIII ya las habían extinguido y, aunque se van recuperando muy lentamente, ninguna se acerca a Smeerenburg, como si supieran lo que pasó allí.
Lámparas y corsés
Los ingleses llamaban a la ballena boreal the right whale, la "buena ballena", porque su lentitud y su curiosidad hacía muy fácil su caza. Estas eran las ballenas que acababan despedazadas en Smeerenburg. Su grasa iluminó durante cien años las ciudades y los cuartos de los escritores. Sus barbas, convertidas en ballenas de corsé, sujetaron los pechos de centenares de miles de mujeres ricas. A pocos les parecía mal, salvo al capitán Nemo, que en 20.000 Leguas de viaje submarino le echaba en cara al arponero Ned Land la persecución de la ballena boreal: «Su caza de este noble animal no es más que un crimen detestable», le decía en la novela de Verne.
Hoy esta ballena sigue nadando con la misma lentitud, pero se diría que ya no con la misma curiosidad. Nada junto al barco durante unos minutos. Sopla ocho veces y levanta su inmensa cola para sumergirse del modo en que lo hacen todo las ballenas, a cámara lenta, como en una dimensión del tiempo diferente.
La ballena boreal no suele separarse del hielo, pero las otras especies frecuentan latitudes más bajas. Un buen lugar para encontrarlas es el estrecho de Dinamarca, entre Groenlandia e Islandia. Es un mar con mala reputación: siempre envuelto en niebla, acosado por los icebergs y las tormentas. Es el lugar de donde viene la lluvia que cae en Galicia, cuando el frente golpea Finisterre. El frente polar nace aquí. El capitán nos advierte que se espera niebla. Pero Brandon, un experto canadiense en ballenas que viaja en el barco, tiene más confianza. El tiempo cambia rápido en el estrecho de Dinamarca y él limpia cuidadosamente los prismáticos con alcohol para estar preparado. Tiene la esperanza de observar una ballena azul, la única que le falta por ver. Me recuerda a la obsesión del capitán Ahab por la ballena blanca, solo que en positivo.
«La ballena azul es muy difícil de ver», me explica, «quedan pocos ejemplares; pero es la Ballena con mayúscula.» La ballena azul, me cuenta, tiene un corazón «del tamaño de un Volkswagen» y su latido se puede detectar a dos kilómetros; emite un canto más poderoso que el ruido de un avión a reacción y con sus 200 toneladas, es, simplemente, el mayor ser que jamás haya existido en el planeta.
Como los demás, me quedo mirando la noche. Después de quince días en el Ártico, es la primera vez que vemos oscurecer. Es como un eclipse. Oímos ruidos a lo lejos y queremos creer que son ballenas, pero probablemente sea el mar, o el crujido de los icebergs.
Tratando de dormir, pienso que acabo de ver una ballena por primera vez en mi vida. Si es la última, no me lamentaré. Y me duermo sin saber que, justo antes de abandonar estos mares, el Ártico nos tiene reservado un último regalo. A las siete de la mañana los altavoces llaman a cubierta.
Como una isla que bucea
Lo que se presenta ante nuestros ojos es difícil de describir: en un día claro, los surtidores de ballenas se elevan en todo el horizonte. Pueden ser doce o quince, algunas nadando a lo lejos, otras buceando bajo el barco. Una ballena gigantesca pasa junto a la borda, acompañada de una escolta de delfines. Su surtidor se eleva más de seis metros, y luego se sumerge, dejando ver una pequeña aleta dorsal cerca de la cola. Es de un color gris azulado. Es como una isla que bucea.
Miro a Brandon, el experto en ballenas, que ha dejado los prismáticos a un lado y mira emocionado. Asiente silenciosamente con la cabeza. Es una ballena azul. Y yo me acuerdo de Smeerenburg, la ciudad infernal del hielo. Decíamos que las ballenas, aun cuando vuelven a nadar entre Groenlandia y Spitsbergen, nunca se acercan a Smeerenburg, como si supieran lo que pasó allí. Quizá lo sepan: una ballena puede vivir hasta dos siglos, antes de que Melville escribiese Moby Dick, muchas de las que nadan hoy por los océanos son supervivientes de su holocausto
Las hadas

Soñé vagar por bosques de palmeras,
cuyos blondos plumajes,
al hundirsu disco el sol en las lejanas sierras,
cruzaban resplandores de rubí.
Del terso lago se tiñó de rosa,
la superficie límpida y azul
y a sus orillas garzas y palomas
posábanse en los sauces y bambús.
Muda la tarde ante la noche muda,
las gasas de su manto recogió;
de lindo mar dormida en las espumas
la luna halló la y a sus pies el sol.
Ven conmigo a vagar bajo las selvas
donde las hadas templan mi laud;
ellas me han dicho que conmigo sueñas,
que me harán inmortal si me amas tú.
Mi fantasia

Ayer me puse a pensar