Smeerenburg




Smeerenburg ya no existe. No es más que un nombre que ni siquiera aparece en los mapas. No tiene ningún habitante, es solo una ruina en el norte de la isla de Spitsbergen, en el Alto Ártico. Paseando por entre sus círculos de piedras es fácil pensar que se trata de un yacimiento prehistórico. Pero no, es una ciudad del siglo XVII, en su momento la más al norte del mundo, una ciudad en la que vivían cientos de hombres que se dedicaban a un mismo oficio: la caza de ballenas. Era un Far West ártico a 25 grados bajo cero, un Eldorado de la grasa.



Porque eso es lo que significa Smeerenburg en holandés: "la ciudad de la grasa".

Los paisajistas holandeses pintaban Smeerenburg, sin haberla visto, como una apacible ciudad comercial, pero en la ciudad de la grasa, donde los hombres caminaban sobre una cuarta de sangre de ballena, la vida era dura. El escorbuto te dejaba sin dientes y la congelación sin dedos. Si aguantabas te hacías rico, pero el trabajo era extenuante y peligroso, la ciudad violenta, y hubo inviernos en los que murieron todos los habitantes. Los marineros se volvían locos. A veces sufrían de alucinaciones colectivas, como cuando creyeron ver una flota de diablos que venía a buscarlos. En realidad, no hacía falta: Smeerenburg era ya el infierno en la tierra.



Hoy el Ártico ha vuelto a tomar posesión de este lugar y en Smeerenburg reina un silencio escalofriante, el que han dejado aquellos proletarios desgraciados y las 100.000 ballenas que se calcula que mataron antes de abandonar el lugar. En el siglo XVIII ya las habían extinguido y, aunque se van recuperando muy lentamente, ninguna se acerca a Smeerenburg, como si supieran lo que pasó allí.


Smeerenburg era, quizá, una parada obligatoria, como una penitencia, antes de ir al encuentro con las ballenas. Las primeras las hallamos a un par de días de navegación, cerca de la costa de Groenlandia. Su respiración inclinada no deja lugar a dudas: son ballenas boreales.



Lámparas y corsés

Los ingleses llamaban a la ballena boreal the right whale, la "buena ballena", porque su lentitud y su curiosidad hacía muy fácil su caza. Estas eran las ballenas que acababan despedazadas en Smeerenburg. Su grasa iluminó durante cien años las ciudades y los cuartos de los escritores. Sus barbas, convertidas en ballenas de corsé, sujetaron los pechos de centenares de miles de mujeres ricas. A pocos les parecía mal, salvo al capitán Nemo, que en 20.000 Leguas de viaje submarino le echaba en cara al arponero Ned Land la persecución de la ballena boreal: «Su caza de este noble animal no es más que un crimen detestable», le decía en la novela de Verne.



Hoy esta ballena sigue nadando con la misma lentitud, pero se diría que ya no con la misma curiosidad. Nada junto al barco durante unos minutos. Sopla ocho veces y levanta su inmensa cola para sumergirse del modo en que lo hacen todo las ballenas, a cámara lenta, como en una dimensión del tiempo diferente.



La ballena boreal no suele separarse del hielo, pero las otras especies frecuentan latitudes más bajas. Un buen lugar para encontrarlas es el estrecho de Dinamarca, entre Groenlandia e Islandia. Es un mar con mala reputación: siempre envuelto en niebla, acosado por los icebergs y las tormentas. Es el lugar de donde viene la lluvia que cae en Galicia, cuando el frente golpea Finisterre. El frente polar nace aquí. El capitán nos advierte que se espera niebla. Pero Brandon, un experto canadiense en ballenas que viaja en el barco, tiene más confianza. El tiempo cambia rápido en el estrecho de Dinamarca y él limpia cuidadosamente los prismáticos con alcohol para estar preparado. Tiene la esperanza de observar una ballena azul, la única que le falta por ver. Me recuerda a la obsesión del capitán Ahab por la ballena blanca, solo que en positivo.



«La ballena azul es muy difícil de ver», me explica, «quedan pocos ejemplares; pero es la Ballena con mayúscula.» La ballena azul, me cuenta, tiene un corazón «del tamaño de un Volkswagen» y su latido se puede detectar a dos kilómetros; emite un canto más poderoso que el ruido de un avión a reacción y con sus 200 toneladas, es, simplemente, el mayor ser que jamás haya existido en el planeta.



Como los demás, me quedo mirando la noche. Después de quince días en el Ártico, es la primera vez que vemos oscurecer. Es como un eclipse. Oímos ruidos a lo lejos y queremos creer que son ballenas, pero probablemente sea el mar, o el crujido de los icebergs.



Tratando de dormir, pienso que acabo de ver una ballena por primera vez en mi vida. Si es la última, no me lamentaré. Y me duermo sin saber que, justo antes de abandonar estos mares, el Ártico nos tiene reservado un último regalo. A las siete de la mañana los altavoces llaman a cubierta.



Como una isla que bucea



Lo que se presenta ante nuestros ojos es difícil de describir: en un día claro, los surtidores de ballenas se elevan en todo el horizonte. Pueden ser doce o quince, algunas nadando a lo lejos, otras buceando bajo el barco. Una ballena gigantesca pasa junto a la borda, acompañada de una escolta de delfines. Su surtidor se eleva más de seis metros, y luego se sumerge, dejando ver una pequeña aleta dorsal cerca de la cola. Es de un color gris azulado. Es como una isla que bucea.
Miro a Brandon, el experto en ballenas, que ha dejado los prismáticos a un lado y mira emocionado. Asiente silenciosamente con la cabeza. Es una ballena azul. Y yo me acuerdo de Smeerenburg, la ciudad infernal del hielo. Decíamos que las ballenas, aun cuando vuelven a nadar entre Groenlandia y Spitsbergen, nunca se acercan a Smeerenburg, como si supieran lo que pasó allí. Quizá lo sepan: una ballena puede vivir hasta dos siglos, antes de que Melville escribiese Moby Dick, muchas de las que nadan hoy por los océanos son supervivientes de su holocausto